
SURIKI
Suriki es una vereda ubicada en la zona costera del municipio de Turbo, en el Urabá antioqueño, al noroccidente de Colombia. Hace parte del corregimiento conocido como La Comunal San Jorge, una región rica en biodiversidad y cultura, bordeada por manglares, ríos y bosques tropicales. Suriki se encuentra a pocos minutos en lancha desde el casco urbano de Turbo, navegando por los caños que conectan el municipio con las comunidades rurales cercanas.
Esta comunidad está conformada por familias campesinas y pescadoras que viven de forma sencilla, en armonía con el entorno natural. El trabajo colectivo, la solidaridad y la conexión con la tierra son pilares fundamentales de su vida cotidiana. Las casas, muchas de ellas construidas en madera y rodeadas de vegetación, están distribuidas en medio de caminos de tierra y árboles frondosos. Los sonidos del agua, las aves y el viento en los manglares hacen parte del paisaje diario.
Visitar Suriki es una oportunidad para conectarse con la tranquilidad, la vida comunitaria y la belleza del Urabá profundo. Las personas reciben con amabilidad y orgullo a quienes llegan a conocer su territorio. Aquí es posible aprender sobre prácticas tradicionales, observar el ecosistema del manglar, conocer el cangrejo azul y disfrutar de la hospitalidad de una comunidad que, a pesar de las dificultades históricas, sigue soñando y construyendo desde lo colectivo. Suriki es un lugar para escuchar, aprender, respetar y recordar que el desarrollo también habita en lo sencillo.


Lo que más me gustó de la experiencia en Suriki fue la calidez con la que nos recibió la comunidad, en especial los niños y niñas. A través de la dinámica del ritmo, nos compartieron sus nombres y profesiones soñadas, lo que me permitió ver la ilusión y esperanza que tienen por un futuro mejor. Fue un momento muy especial, lleno de alegría y espontaneidad. Además, me sorprendió gratamente conocer que allí se trabaja bajo el modelo de Escuela Nueva, lo cual refleja un compromiso fuerte por una educación más participativa, centrada en el estudiante y adaptada a las realidades del contexto rural. Ver esas aulas llenas de vida y propósito me dejó una sensación de esperanza y admiración.
A la comunidad de Suriki le recomendaría seguir fortaleciendo esos espacios educativos con amor y creatividad, porque están sembrando semillas muy valiosas para el futuro de sus niños y niñas. También les animaría a compartir más sobre su experiencia con Escuela Nueva, ya que puede ser ejemplo para otras comunidades rurales que buscan una educación más inclusiva y significativa. Cuidar esa unión entre comunidad, escuela y territorio es clave para seguir construyendo caminos de transformación desde lo local, con identidad y dignidad.
Suriky, donde la naturaleza nos habla de formas muy sutiles, y solo quienes la observan con respeto logran entender su mensaje profundo. Un espacio donde habitan especies tan majestuosas como la pantera onca se convierte en un santuario de aprendizaje y de reflexión sobre nuestro rol en el planeta. Allí, el compromiso de proteger la vida no es un deber impuesto, sino una decisión de amor por el entorno y por las generaciones futuras. Comprender que cada especie tiene un papel único en el ecosistema cambia la forma en que nos relacionamos con lo que nos rodea.
Estar rodeados de selva, sonidos vivos y biodiversidad también invita a mirar hacia adentro. En medio del miedo y la incertidumbre, encomendarnos desde la fe nos conecta con una espiritualidad que da sentido y calma al caminar. Visitar una escuela en ese entorno, donde los niños aprenden desde la cercanía con la naturaleza, es una lección poderosa de coexistencia. Este tipo de experiencias nos interpelan no solo como visitantes, sino como seres humanos responsables de cuidar la vida en todas sus formas.
